Pasa el tiempo casi impercertiblemente, escribió Julia Aragón -Astorga- en el inicio de un maravilloso soneto que un día reproduciré íntegro en este página.
Pasa el tiempo. Nuestra edad transcurre y los caminos se transitan, se reiteran.
A poco que reflexionemos, comprobaremos un gesto inequívocamente humano: la repetición de una exposición o alocución determinada explicada en distintos momentos a la misma gente. Forma parte de este esquema la escucha del público con el mismo interés y atención, en apariencia inconscientes del círculo, o de la elipse histórica –o de la historia elíptica, que dijo Agustí Altisent-, ante la anécdota cien veces reiterada y cien veces aderezada.
A qué obedece lo segundo, no me atrevo a contestar. Mi audacia se limita a confesar mi comprensión de lo primero, y sólo después de que, como actor, haya experimentado el goce indescriptible producto de esa acción.
Tal vez se trate de la seguridad que proporciona sabernos propietarios, para la bueno y para lo malo, de la certidumbre del pasado.