
Una carretera discurre por el desierto, al oeste del Nilo, atravesando cuatro oasis desde El Cairo a Luxor.
Con un típico paquete turístico, se despega de Madrid o Barcelona un lunes y se regresa el viernes de la semana siguiente, tras una travesía por el río desde Luxor a Assuán, una excursión a Abú Simbel, retorno desde éste a Assuán en barco por el lago Násser y, por último, avión hacia El Cairo para, desde allí, volar al país de origen.
No es complicado solicitar al mayorista el aplazamiento del regreso por una semana; es decir, volar el viernes posterior al establecido en el paquete, lo que permitirá recorrer por cuenta propia este trayecto, cuya distancia máxima -la carretera entre dos oasis- es de aproximadamente 350 kilómetros.
A modo de ejemplo, decir que un taxi privado (30 euros) nos condujo desde El Cairo a Bahariya en tres horas y media.
La oferta de alojamiento en los oasis no es escasa, pero debe quedar claro que las opciones de lujo no existen. A cambio, te despiertas con el canto del gallo al pie del palmeral de Bahariya en una habitación confortable; duermes en pleno desierto blanco de Farafra bajo la atenta protección de un guía; nadas en el ¿estanque? privado de Násser en Dachla, un guía fantástico y mejor conversador; por último, disfrutas del atardecer en un antiquísimo cementerio cristiano de Kharga (año 300).
El remate ideal es, una vez alcanzado Luxor, visitar otra vez sus templos, ahora a nuestro propio ritmo, y continuar hasta Hurghada, en el Mar Rojo, donde un ferry nos conducirá hasta el Sinaí.