Egipto se esconde en pueblos de la ribera del Nilo que tu agente de viajes nunca te recomendará visitar. Negocia con un taxista y acércate por tu cuenta a Abú Sir, a pocos kilómetros de El Cairo, un lugar conocido por tratarse de un emplazamiento arqueológico, aunque no es destino principal de los tour operadores.
Antes de alcanzar las ruinas, una travesía paralela al canal de riego te sitúa en un tiempo anterior, si ignoras los automóviles que inevitablemente forman ahora parte de la estampa. Cada metro es un detalle de ese icono que ya habrás percibido en el crucero desde Luxor a Assuan (¿demasiado turístico? sí, pero es el modo más confortable de visitar los hitos arquitectónicos de el país).
Fue en Abú Sir donde vi el rostro más bello. No pude fotografiarlo, porque ella temía que su marido, un hombre muy celoso, ausente en el momento en que se lo pedí, la regañara. Volvía del pozo con una carga de agua soportada sobre su cabeza. Era muy joven y lamenté su respuesta.
El taxi avanzará despacio para no atropellar a los niños, a los asnos que tiran de los carros o a los ancianos que caminan, indolentes, por la vía.
Acude antes del atardecer; que la noche te sorprenda de regreso. Si es viernes, en los barrios más humildes de El Cairo verás brillar en alguna calle o plaza guirnaldas de bombillas y oirás música de orquesta. Es una boda.